Un Estado Liberal es un Estado Fuerte
- La Republicana
- 13 oct 2021
- 3 min de lectura
Actualizado: 24 nov 2021
En esta nota Christian Joanidis propone desmitificar la creencia que sostienen los oponentes al liberalismo cuando piensan que en el pensamiento liberal el lugar del estado será ocupado por el poder económico.

Por Christian Joanidis
El liberalismo se trata de que cada uno pueda hacer su camino y recorrerlo. Bajo esta premisa tan básica, el estado tiene entonces un rol limitado: porque nadie tiene derecho a decirnos cómo vivir. Podemos educar a nuestros hijos como queramos, podemos hacer con nuestro tiempo lo que queramos y podemos disponer de nuestros bienes como queramos. Desde la teoría liberal muchas veces se habla de la eliminación del estado, pero eso es solo una utopía, así como uno puede soñar con un mundo sin delito. Pero la realidad es más dura que los sueños y muchas veces requiere mecanismos específicos que aseguren que las cosas funcionen: el estado es uno de esos mecanismos.
La ausencia del estado es el fantasma con el que los oponentes del liberalismo suelen asustar a las personas, asumiendo que el vacío que deja el estado lo va a ocupar el poder económico. Digámoslo de una vez, la concentración de riqueza es tan nociva para una sociedad como la concentración de poder del estado, porque surgen así posiciones dominantes que ahogan a la sociedad en pos de los intereses de unos pocos.
El liberalismo solo puede funcionar con un estado fuerte, que no es lo mismo que un estado ubicuo. El estado no está para ayudar a nadie, no está para socorrer a ningún empresario al borde de la quiebra. Su función es la de garantizar los derechos de sus ciudadanos. Y por supuesto que un estado débil no tiene la capacidad de garantizar nada, porque no solo se deja presionar por otras fuerzas sociales como los empresarios, sindicatos y otros grupos de poder. Un estado que para funcionar depende del apoyo de otros grupos es un estado débil. Y la gran paradoja de estos últimos veinte años es que mientras el estado crecía en tamaño, perdía en fuerza y por eso cada vez tiene menos capacidad de garantizar los derechos de las personas: la inseguridad avanza, la educación pública se ve cada vez más deteriorada, la justicia es cada vez más lenta, trabajar es cada vez más difícil.
Más allá de la inherente incapacidad para gestionar que se le achaca al estado en la argentina, existe una cuestión básica por la cual cuánto más grande es el estado, menos fuerza tiene: acaparar más implica estructuras más grandes y más enrevesadas, por lo que los mecanismos burocráticos se vuelven todavía más lentos e ineficaces.
Un estado dentro de una república liberal es un estado de tamaño reducido, pero con una fuerza tal que ningún agente de la sociedad puede torcerlo a su voluntad. El liberalismo no plantea un estado ausente, sino que es justamente un estado más presente que nunca: porque mientras los discursos retroprogresistas se ufanan de un estado presente, hacen oídos sordos a la infinidad de derechos vulnerados mientras los afectados no pertenezcan a ningún grupo de poder afín.
El liberalismo aboga por un estado que le permita a las personas resolver su vida sin entrometerse, para crear más riqueza, para que todos podamos realizarnos y alcanzar la felicidad. Reclama que el estado no tiene que estar autorizando cada paso que damos: ni en la vida económica, ni en la vida privada de las personas. Reducir el estado a la décima parte de su tamaño actual es posible y sobre todo necesario, pero a la vez hay que fortalecerlo, para que pueda garantizar los derechos de todos, sobre todos los de los más débiles, para que no terminen atropellados por los más poderosos. Porque el liberalismo es justamente eso, enfrentar a los más poderosos para garantizar la libertad de todos.



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