Liberalismo Ecologista
- La Republicana
- 24 nov 2021
- 3 min de lectura
En esta nota Christian Joanidis nos habla acerca de cuál es la posición desde la cuál entiende debería abordarse la cuestión ecológica desde un pensamiento liberal y si es o no una temática que deba dejarse en manos del mercado.

Por Christian Joanidis
Últimamente han cobrado notoriedad algunas afirmaciones de Javier Milei sobre la ecología. Vale aclarar que ser liberal no implica una posición determinada con respecto a la ecología. En el caso puntual de Javier Milei, no expresa el mayor de los aprecios por todas las corrientes que buscan proteger el medioambiente y personalmente creo que su fe en la autorregulación del mercado en este punto es un tanto inocente.
La humanidad ha decidido que algunas cosas constituyen un delito y no espera que el mercado regule esas cuestiones. Algo parecido sucede con la ecología: entre todos podemos decidir que no es una cuestión a dejar en manos del mercado, sino que como sociedad tenemos que actuar para que no se deteriore el medioambiente, para lo cual se pueden definir leyes que restrinjan o prohíban toda actividad que tenga un impacto ambiental desmedido. Así como se restringe la velocidad de circulación de los autos y no dejamos en los conductores individuales esa decisión, podemos también restringir determinadas actividades en función del daño ambiental que causen.
Quienes argumentan que no debemos preocuparnos por las cuestiones ecológicas utilizan dos argumentos. El primero de ellos es que, ante la escasez de un recurso, el precio subirá y por lo tanto disminuirá su consumo. Eso es cierto, pero también es cierto que muchos de los bienes que se dañan con los descuidos ambientales no son necesariamente recuperables o el costo de recuperarlos es mucho más alto que el beneficio obtenido al contaminarlos. El beneficio se lo lleva alguien en particular, mientras que su reparación la hacemos entre todos, lo que es un gran incentivo para desinteresarse por el impacto ambientar de nuestras actividades.
El segundo argumento es que el avance tecnológico solucionará los problemas. Y este punto es a mi criterio el más preocupante, porque la fe en el ingenio del hombre no nos puede asegurar la certeza del resultado: por eso le llamamos fe. Creer que la curva de aprendizaje de la ciencia será siempre más rápida que la curva de deterioro del medioambiente es una insensatez lisa y llana: los “siempres” no existen. Tal vez haya sido así en el pasado, pero eso no significa que sea así en el futuro.
Yo creo además, que no tiene sentido arruinar algo con la expectativa de que luego podremos repararlo: yo prefiero preservar y no deteriorar. En última instancia, el derecho a la vida contempla e incluye el derecho a vivir en un medioambiente sano. Y ese derecho que tenemos todas las personas, no puede ser vulnerado de forma grave, por lo que para un liberal, es posible prohibir determinadas actividades o prácticas. Es posible incluso, solicitarle a aquel que hace un daño, que ofrezca una reparación. Por ejemplo, si alguien usa su auto, debe compensar a la sociedad por el daño que hace al medioambiente con su uso: porque para su beneficio, causa un daño a la sociedad en su conjunto.
Es cierto que la definición de cuáles son los daños potenciales o los daños reales es una cuestión que ciertamente tiene un alto grado de subjetividad, pero también lo tiene definiciones sobre qué afecta o no a nuestra libertad. Las definiciones son inevitables en cualquier sociedad moderna, necesitamos trazar límites para darle orden a la sociedad y poder vivir en armonía. Y las definiciones sobre la cuestión ecológica tienen esa característica.
Así como los dueños de los esclavos en el pasado seguramente alegaban que no se podía arruinar su negocio porque eso atentaba contra su libertad de lucrar, lo mismo sucede con las cuestiones ecológicas: es una cuestión de evolución de paradigma.
Como liberal que soy, defiendo el derecho a la libertad, a la vida y la propiedad. Y cualquier acción humana que deteriore el medioambiente ataca en cierta medida esos tres principios. El grado en que lo hace determinará si esa acción deberá ser prohibida o si simplemente se deberá ofrecer reparación.
El liberalismo no es un pensamiento único y mucho menos una doctrina: se nutre del debate y el intercambio de ideas. La sociedad en su conjunto se debe un debate más profundo sobre la cuestión ecológica, no desde lo etéreo, sino desde la construcción de un marco normativo que afecte todas las actividades cotidianas.



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